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El Altar Ásatrú

El altar es uno de los elementos centrales para los que profesamos la antigua religión germánica. Todo ásatrúar debe tener uno ya que nuestra vida religiosa gira entorno al mismo. En él celebramos los blóts correspondientes de la rueda del año y realizamos nuestros trabajos mágicos. El altar es en definitiva nuestro pequeño rincón de recogimiento donde nos relacionamos más directamente con los dioses.

Existen diferentes tipos de altares: en primer lugar tenemos el altar fijo personal que es donde acudimos cada día para hablar con los dioses y con los ancestros. Otro tipo de altar es aquel que preparamos para celebrar alguna festividad en concreto y que podemos decorar según sea la temática. Por ejemplo en Noches de Invierno podemos colocar calabacitas alrededor. Tendríamos también el altar natural, es decir, aquel que preparamos cuando queremos celebrar un ritual en plena naturaleza. Y por último tendriamos el altar colectivo del kindred.

El más importante es el altar fijo personal porque es donde vamos a llevar a cabo la mayor parte de nuestras actividades como ásatrúars. No existen reglas concretras sobre qué debe incluir o no. Esto es algo muy íntimo que cada uno debe preparar dejándose guíar por lo que le dicte su corazón. No hace falta que sea muy elaborado ni tampoco que ocupe mucho espacio. Incluso puede ser desmontable en el caso de que no quieras que otras personas se acerquen y se entrometan.

A continuación os muestro mi altar personal y sus elementos básicos:

  1. Imagen de Odín.
  2. Cuerno ceremonial.
  3. Runas.
  4. Bandeja de ofrendas.
  5. Bola de cristal (o un cuenco lleno de agua).
  6. Velas.
  7. Daga.

En mi caso, por razones de intimidad, siempre guardo la mayoría de los elementos en el mismo arcón que aparece en la imagen cuando termino de realizar mis actividades.

Como ya se ha dicho, el altar es muy importante en Ásatrú y debe ser sobre todo un lugar en el que uno se sienta a gusto. Únicamente para terminar quisiera dar un par de consejos: procurad que vuestro altar esté orientado hacia el Norte y que los elementos que lo integren sean naturales evitando los materiales plásticos.

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Son muchas las personas que se preguntan si Ásatrú y Odinismo son la misma religión. Hay incluso personas que llevan años profesando de alguna u otra manera las creencias ancestrales del viejo continente sin saber muy bien cómo definirse oficialmente.

¿Son lo mismo? La respuesta es sí pero con matices. Los pilares básicos siguen siendo los mismos: creemos en los mismos dioses, festejamos celebraciones similares, honramos a nuestros ancestros, etc. Sin embargo, la etimología de las palabras nos da una pista muy importante sobre las diferencias que subyacen entre estas dos concepciones. Ásatrú significa literalmente fiel a los dioses Æsir. Odinismo, como se puede apreciar, está formado a partir de la raíz Odín (el dios Odín) y el sufijo -ismo. Este sufijo procede del griego -ισμός, que significa doctrina, escuela o movimiento intelectual.

Podemos decir entonces que mientras que el Ásatrú no tiene una preferencia por un dios en concreto, el Odinismo tiene como dios preponderante a Odín. Se trata de una diferencia muy sutil ya que un ásatrúar puede dirigirse a Odín de igual manera que lo hace un odinista y viceversa, un odinista puede dirigirse a cualquiera de los demás dioses igual que un ásatrúar.

Hay quien dice que los odinistas tienen una postura más folkish respecto de quienes pueden hacerse llamar a sí mismos odinistas. Es decir, que tienen una tendencia a excluir de sus prácticas a todos aquellos que no sean de ascendencia europea. Los ásatrúar por el contrario tendrían una concepción más universalista en este asunto y aceptarían como miembros de la religión a cualquier persona sea cual sea su raza, etnia o procedencia.

Personalmente este es un argumento que a mí no me termina de convencer y explico por qué: hay ásatrúars que rechazan el universalismo y se consideran identitarios, es decir, consideran al Ásatrú como una religión que intenta preservar las tradiciones y la herencia cultural, ancestral y espiritual de Europa. No se trata de una forma de racismo ya que en general todo ásatrúar siente un profundo respeto por todas las culturas y creencias religiosas. Piensan que el Ásatrú es una religión nativa de europa y como tal solo puede ser profesada por personas de ascendencia europea. Del mismo modo respetan que una religión americana sea profesada por nativos americanos, una africana por africanos y una asiática por asiáticos.

En lo que a mi respecta, me autodefino como ásatrúar sin entrar a juzgar quién debe o quién no debe serlo. Eso es algo que a mi no me concierne y pienso que cada uno es libre de creer en lo que quiera siempre que sea consecuente con sus actos. Soy ásatrúar porque yo y todos mis ancestros son europeos y he sentido la llamada de los antiguos dioses de mi tierra. Es un sentimiento que nace desde lo más profundo de mi ser y que me eleva el espíritu en todos los sentidos concebiles.

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En la aurora del Mundo no existían Cielo ni Tierra ni había sitio donde pudiese crecer la hierba pues un abismo total lo cubría todo. En la parte Norte de este abismo se formó un mundo de nubes y tinieblas llamado Niflheim, en medio del cual murmuraba la fuente Hvergelmir de la que partían doce ríos de agua helada. Al Sur estaba un lugar de fuego conocido como Muspelheim, del que salían ríos de lava que poco a poco se cuajaban y se hacían sólidos.

Este primer depósito, al entrar en contacto con los hielos venidos del Norte, se cubrió de espesas capas de escarcha que fueron llenando en parte el abismo. Pero el aire caliente que llegaba del Sur empezó a fundir el hielo y de las gotas de agua que se formaron nació un gigante llamado Ymir, el primero de todos los seres vivos.

Al mismo tiempo, el hielo que continuaba fundiéndose dio origen a una vaca llamada Audumla de cuyas ubres salían cuatro arroyos de leche. La vaca se alimentaba lamiendo los bosques de escarcha y, fundiendo al hacerlo el hielo con su lengua, dio origen a un nuevo ser vivo llamado Buri. Buri tuvo un hijo, Bor, que se casó con una hija de gigantes llamada Bestla y con ella engendró a tres dioses: Odín, Vili y Ve.

Estos dioses, emprendieron una lucha contra los otros gigantes y casi consiguieron extinguirlos. Empezaron por matar al viejo Ymir, de cuyo cuerpo salió tanta sangre que el abismo primitivo quedó lleno, ahogándose todos los gigantes excepto uno: Bergelmir, que pudo salvarse porque echó sobre las agitadas olas rojas una barca en la que se metió con su mujer. Y de ellos nació una nueva raza de gigantes.

Entre tanto los dioses, sacando fuera de las olas el cuerpo de Ymir, hicieron con él la Tierra que recibió el nombre de Midgard (la tierra de en medio), pues estaba a mitad de camino entre Niflheim y Muspelheim. La carne del gigante se convirtió en suelo y su sangre en mar. Con sus huesos hicieron los montes y de sus cabellos los árboles. Luego cogieron su cráneo y poniéndolo sobre cuatro enormes pilares formaron la bóveda del Cielo. En esta bóveda fijaron las chispas que se escapaban de la región del fuego creando con ello el Sol, la Luna y las estrellas. Y gracias al Sol, que recorriendo el cielo empezó a lanzar luz y calor por las vastas llanuras de la Tierra, aparecieron las primeras hierbas.

Empezaron a construir las moradas celestes en un vasto lugar que fue denominado Asgard (la morada de los Ases) donde cada uno erigió su residencia particular. Luego, entre sus mansiones y la tierra de los hombres tendieron un gran puente: Bifröst, el arcoiris.

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Recientemente acabé la celebración del Høstblót y me puse a reflexionar sobre la dicha que siento al estar tan conectado a los antiguos dioses y a mis antepasados. Son muchas las formas que emplean los dioses para comunicarse con nosotros y el otoño es una época especialmente propicia para ello. Basta con ver las señales y saber interpretarlas.

Hoy por ejemplo salí a pasear como tantas veces en plena naturaleza. Caminar rodeado por árboles centenarios sin escuchar más sonido que el del viento y el cantar de los pájaros es algo que me encanta hacer. Siempre lo he hecho, incluso mucho antes de ser ásatrúar, y espero seguir haciéndolo siempre que me sea posible. El caso es que me detuve en un pequeño claro a meditar y prácticar una lectura rúnica. Hablé a los dioses y en especial me dirigí a Odín pidiéndole que me concediera la sabiduría necesaria. Y entonces vi una hoja de arce que empezó a danzar delante de mí, describiendo en el aire gráciles movimientos hasta posarse suavemente ante mis pies. Interpreté esto como una señal y procedí a leer las runas. El resultado fue sorprendente y maravilloso.

Después de todo, di gracias a los dioses, dejé una ofrenda en agradecimiento al regalo que me acababan de hacer y regresé a casa sintiendo una gran felicidad en mi interior.

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